
Escribí esto hace más de treinta años.
En aquel momento estudiaba Psicología y todavía no había comenzado a estudiar Derecho. El ensayo obtuvo en el 1996 el Primer Premio del XIV Concurso Literario de la Universidad Metropolitana.
Al releerlo hoy encuentro ideas que expresaría de otra manera, pero también preguntas que, para mi sorpresa, sigo haciéndome.
Por aquellos años había llegado a mi vida Francisco Agraít Lladó, Secretario General del Tribunal Supremo, juez, escritor y uno de mis mentores. Fue él quien comenzó a exigirme mayor rigor al escribir y a enseñarme la importancia de fundamentar mis argumentos. Tiempo después también insistiría en que estudiara Derecho.
Su argumento vocacional era impecable: “Con lo mucho que tú jodes, sin duda lo harás genial.”
No he querido corregir el texto con los ojos del hombre que soy hoy. Prefiero compartirlo como fue escrito entonces.
Nada es tan bueno ni tan malo como parece
“Si no tuvieran flaquezas, ¿qué mérito tendrían?” — Eugenio María de Hostos
Desde el momento mismo de la concepción hasta la muerte se evidencia el indudable hecho de que los opuestos coexisten, o en términos más populares, “nada es tan bueno ni tan malo como parece”. Claro está, habrá objeciones y, sin duda, intentos de atrapar mis argumentos entre teorías o modelos psicológicos. No obstante, esta hermosa contraposición de ideas y percepciones es parte de la evidencia a favor de mis argumentos.
Mientras fungimos como entidades intrauterinas pertenecemos a un mundo donde todo nos está dado. Superficialmente parecería un paraíso; sin embargo, en esta etapa prenatal se experimentan los más radicales cambios físicos y sensoriales, aparejados al enfrentamiento con un ambiente un tanto caótico.
Quizás el nacimiento suponga un estadio más apacible y armonioso, pero dudo que, por ejemplo, el sistema inmunológico de la criatura esté de acuerdo con ese planteamiento. Por otro lado, en esta etapa será necesario solicitar de alguna manera la satisfacción de las necesidades que antes se compensaban automáticamente. Además, según parece, el recibo de informaciones exteriores se incrementa de un modo asombroso. Esta experiencia es, a su vez, positiva y negativa, pues por un lado parece precipitar un mayor grado de sensibilidad sensorial y por el otro, mayor grado de insensibilidad.
La niñez es una etapa maravillosa donde fundamentalmente no es necesario cuestionarnos la libertad y la represión, la alegría y la tristeza, lo bueno y lo malo. Sin embargo, esa “relativa inocencia” impide que los actos tengan sus consecuencias, tornándose así la infancia en una época también dolorosa, donde se va entendiendo el mundo a través de la prueba y del error, haciendo casi imposible —y por propia condición, innecesario— determinar qué podría ser conveniente y qué cosa no al enfrentarnos a la vida.
La niñez es un periodo de juegos, pero en esos “juegos” se halla la esencia de algunas manifestaciones humanas que de adultos seguramente envidiamos; como, por ejemplo, la capacidad de maravillarnos con las percepciones que recibimos del ambiente o como muy bien lo describiera Nietzsche: “la madurez del hombre consiste en hallar la seriedad que de niño ponía en sus juguetes”. En la niñez el conflicto principal está asociado a la necesidad de descubrir cómo funciona el mundo, conflicto que se agudiza en la adolescencia.
En esta nueva etapa ya no somos entes “pasivos” que tomamos información del ambiente para organizarla y actuar en consecuencia; entonces pensamos que somos capaces de influir en nuestro ambiente, y a menudo llegamos a considerarnos como dínamo del mismo. Es esta percepción la que agudiza el conflicto en términos del individuo con su ambiente; pues a medida que se va reconociendo la influencia del ser humano en los asuntos que le conciernen se va materializando una nueva concepción ideológica que frecuentemente no armoniza con las etapas anteriores ni posteriores de la vida.
Ya sea en el segundo caso —por la incapacidad de distinguir las influencias exteriores— o en el primero —por la necesidad de cuestionar—, el adolescente se siente incomprendido tanto por los niños, que podrían ser sus hermanos, como por los adultos, entre ellos sus padres. Es un periodo de mucha soledad existencial, cuyo único alivio temporal parece estar en la adhesión a un grupo de iguales, aun cuando este grupo no satisfaga las principales inquietudes.
Por otro lado, la adolescencia es una etapa en la que desarrollamos la mayor parte de nuestras tendencias sociales o individuales y es la etapa donde reconocemos el valor de los sentimientos y las emociones, aun cuando no sea del todo fácil controlar tales expresiones. Se comienzan a reconocer íntimamente, por ejemplo, las bondades e infamias que subyacen al amor, más hermosamente expresado por Pablo Neruda: “es tan corto el amor y tan largo el olvido”. También la adolescencia se relaciona con unos profundos cambios hormonales y físicos que, si bien preparan al individuo para su próxima etapa, llevan aparejadas un sinfín de experiencias y reacciones traumáticas.
Llega entonces la adultez, etapa que considero la más evidente en términos de la presencia de los opuestos. Idealmente la adultez se concibe como el final de los conflictos entre el individuo y el ambiente; donde las nuevas concepciones de la vida están de acuerdo con la “realidad” y no fundamentadas en “ideales imprácticos” —a este logro solemos llamarle madurez—. Sin embargo, hay que notar que este párrafo comienza con la palabra idealmente y que esta concepción de la adultez da al traste con la “realidad del mundo adulto”.
Es en esta etapa donde más convergen los polos opuestos de la realidad y el ideal, la emoción y la razón, lo bueno y lo malo y donde más tendemos a concluir que el curso más apropiado es indudablemente unilateral. Sin embargo, reconoce Jorge Monach que razón y sensibilidad son funciones mutuamente complementarias, en cuya integración se logra lo mejor del hombre. El adulto usualmente se encuentra en la encrucijada de los opuestos, aun cuando intente desesperadamente racionalizar este conflicto utilizando conceptos como el balance o la armonía.
De hecho, el balance es otro de los ideales de la etapa adulta que depende más de una internalización de la ideología convencional que de una corroboración objetiva de la experiencia. Miguel de Unamuno diría: “Déjales con lo que llaman sus ideas, cuando en realidad son ellos de las ideas que llaman suyas”.
Por otro lado, en la adultez puede alcanzarse uno de los más sublimes vínculos con la naturaleza, la procreación. Este acto a su vez impone para los adultos una de las exigencias más antagónicas de la vida, la crianza, pues esta requiere un creciente compromiso social, económico y emocional de los padres para lidiar con los problemas que plantea este suceso. Problemas que sólo siendo padres o madres podrían ser comunicados justamente.
Como última etapa en el proceso de la vida —en términos puramente humanos— alcanzamos la vejez. Este periodo, aparentemente menos antagónico, no supone la ausencia de los opuestos, sino más bien, la trascendencia de los mismos. Es aquí donde se maneja, eficazmente o no, la influencia de los dos grandes opuestos del tiempo y del espacio: la vida y la muerte. Es en esta etapa donde se experimenta el mayor grado de cercanía entre estos dos contrarios, experiencia facilitada por la percepción subjetiva que se ha desarrollado en esta etapa, y no porque la vida y la muerte se acerquen más realmente en este periodo. La vida y la muerte guardan igual grado de cercanía —coexisten— a través de todas las etapas de desarrollo humano.
No es mi intención dar a entender con todo este conglomerado de ideas que los opuestos coexisten sólo en términos del desarrollo humano, sino más bien que tal condición se cumple en todos los órdenes de la vida, ya sea en la más simple de las percepciones o en la más compleja de las creaciones. Me parece más saludable entonces reconocer que los opuestos coexisten o que nada es tan bueno ni tan malo como parece; pues aceptar tal realidad seguramente nos permitirá seguir los eventos de la vida en vertientes antagónicas. No para convertirnos en seres conformistas, sino para desarrollar la capacidad de visualizar los sucesos de la vida desde múltiples perspectivas, utilizando en cada momento los medios más efectivos para resolver asuntos específicos. Evitando así los resultados vinculados al ego, fanatismo o a las generalizaciones indebidas.
Quizás un buen ejemplo de la posibilidad de múltiples perspectivas podría ser esta recopilación de mis argumentos. Si alguno se interesara en unirlos a la experiencia de otros, anunciaría que no son absolutos y que sobra espacio para otras concepciones, sean estas afines o disímiles, pues unas difícilmente permanecerían sin las otras.
Treinta años después
Hay algo que me resulta particularmente curioso al releer estas páginas.
A los 27 años escribía sobre cuánto de nuestras ideas realmente nos pertenece; sobre la influencia del ambiente, las convenciones y las experiencias en nuestra manera de interpretar la vida. También defendía la necesidad de mirar una misma realidad desde perspectivas diferentes.
Treinta años después, esas preguntas siguen apareciendo en buena parte de lo que escribo y de lo que hago.
Las respuestas han cambiado.
Las preguntas, no tanto.
Tu comentario es muy apreciado