Cuando terminamos construyendo aquello que temíamos

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Una mujer de pie frente a un espejo roto en un entorno moderno, con palabras que representan conceptos como identidad, claridad, y liderazgo en las paredes.

Hace algún tiempo conocí a una persona que se acercó a mí porque quería desarrollarse personalmente. Había en ella un deseo genuino de aprender y de relacionarse con personas a las que pudiera admirar y de quienes pudiera recibir algo que contribuyera a su crecimiento.

En una conversación me llamó la atención algo que decía con bastante convicción. Antes de que una relación comenzara a desarrollarse, ya tenía una expectativa sobre cómo iba a terminar: tarde o temprano la otra persona la iba a traicionar.

Al principio puede parecer una simple forma de protegerse. Si has sido decepcionado anteriormente, es comprensible que quieras evitar que vuelva a ocurrir. El problema aparece cuando esa expectativa deja de ser una posibilidad y se convierte en una certeza. Ya no estás entrando en una relación preguntándote qué puede ocurrir. Estás entrando convencido de que sabes cómo va a terminar.

Y cuando ocurre eso, comienzas a relacionarte con la otra persona desde esa certeza.

Quieres conocerla, pero mantienes cierta distancia. Dices que buscas conversaciones profundas, pero cuando llega el momento de tenerlas prefieres mantenerte en terrenos seguros. Quieres acercarte, pero al mismo tiempo estás pendiente de cualquier señal que pueda confirmar que tu desconfianza tenía razón.

Hasta ahí podría parecer solamente una contradicción.

El problema es que, algunas veces, hacemos algo más. Para agradar a esa persona que admiramos o para demostrarle nuestro compromiso, asumimos responsabilidades que realmente no estamos preparados para cumplir. En ese momento quizás existe una buena intención. Queremos ayudar, queremos demostrar que podemos hacerlo, queremos ser reconocidos o simplemente queremos conservar ese vínculo que consideramos importante.

Pero llega el momento de cumplir.

Y no cumplimos.

Entonces aparece otra decisión. Podemos reconocerlo, hablar con honestidad y asumir las consecuencias. O podemos esconder lo que ocurrió, retrasar la conversación, ofrecer una explicación que nos permita ganar tiempo y después otra para justificar la anterior.

Sin darnos cuenta, hemos pasado de protegernos de una posible traición a construir una relación basada en la distancia, la apariencia y la falta de honestidad.

Finalmente, la otra persona se cansa. Puede alejarse. Puede confrontarnos. Puede establecer un límite.

Y entonces ocurre algo particularmente doloroso.

Lo interpretamos como la confirmación de aquello que pensábamos desde el principio:

“Yo sabía que me iba a traicionar.”

Aquí es donde el asunto se vuelve interesante.

Porque quizás esa persona no comenzó queriendo engañar a nadie. Quizás tampoco estaba buscando destruir la relación. Es posible que, en su intento de protegerse de una traición que todavía no había ocurrido, haya tomado decisiones que terminaron deteriorando la relación hasta hacer inevitable su ruptura.

La creencia original parecía estar describiendo la realidad, cuando en parte estaba ayudando a construirla.

Esto puede ocurrirnos en muchas áreas de la vida. Podemos convencernos de que nadie nos respeta, de que siempre terminan aprovechándose de nosotros, de que las relaciones nunca funcionan, de que no somos capaces de mantener determinada disciplina o de que las oportunidades nunca llegan.

Y después comenzamos a actuar desde esa convicción.

El patrón se repite y la repetición parece demostrar que teníamos razón.

Por eso cambiar un patrón no consiste únicamente en dejar de hacer algo. Primero tenemos que estar dispuestos a cuestionar la historia que estamos utilizando para explicar lo que nos ocurre.

Porque a veces la pregunta no es solamente:

“¿Por qué siempre me pasa lo mismo?”

También deberíamos preguntarnos:

“¿Qué estoy haciendo yo, aunque sea sin darme cuenta, para que vuelva a pasar?”

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