
Durante mucho tiempo no me di cuenta de que la etiqueta de abogado estaba entrando en lugares de mi vida donde no era apropiado “ser abogado”.
Podía estar con amigos y terminar hablando de Derecho. Podía estar con mi familia y una conversación cualquiera llevarme a una controversia. Podía irme solo al Yunque a caminar y mi cabeza terminar trabajando en un caso.
Incluso al acostarme podía comenzar a pensar cómo resolver una controversia.
Lo curioso es que yo no decía: “Estoy trabajando”
Tampoco pensaba: “Ahora voy a actuar como abogado”
Simplemente ocurría.
Y precisamente por eso tardé en verlo.
Lo automático no suele anunciarse. No nos dice que está ahí. Se convierte en parte de nuestra manera habitual de responder y, con el tiempo, puede confundirse con nuestra propia identidad.
En mi caso, empecé a descubrir que ser abogado se había mezclado demasiado con ser Javier.
No porque ser abogado fuera algo que quisiera dejar de ser. Al contrario. Es una parte importante de quien soy y de lo que he elegido.
El problema era otro: Javier es mucho más que el abogado.
También es el amigo, el familiar, el que camina por El Yunque, el que descansa, el que comparte y el que, de vez en cuando, no tiene absolutamente nada que resolver.
Y entonces apareció una pregunta que no me había hecho antes:
¿Cuánto de lo que hago responde a una decisión mía y cuánto simplemente ocurre porque llevo demasiado tiempo haciéndolo?
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