Los derechos que damos por sentados

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Hace algún tiempo escribí Encerrada en la Injusticia. Más allá de 48 horas. El libro nació de una experiencia que viví muy de cerca en República Dominicana y que me obligó a mirar el Derecho desde un lugar bastante incómodo.

Vi lo que puede ocurrir cuando una persona queda frente a un Estado que tiene mucho más poder que ella. Pero también comencé a preguntarme por algo que iba más allá de aquel caso particular.

¿En qué momento empezamos a acostumbrarnos a cosas a las que nunca debimos acostumbrarnos?

La mayoría de nosotros está ocupada viviendo. Trabajamos, atendemos nuestras familias, resolvemos problemas, pagamos cuentas y seguimos adelante. Mientras tanto, damos por sentado que existen tribunales, leyes, derechos y garantías que estarán ahí cuando los necesitemos.

Es comprensible. Nadie puede vivir fiscalizando diariamente cada actuación del Estado.

El problema aparece cuando dejamos de mirar durante demasiado tiempo.

Las instituciones también necesitan vigilancia. El poder necesita límites. Y los derechos que una generación recibe no necesariamente permanecen intactos simplemente porque estén escritos en una Constitución o en una ley.

Quizás por eso terminé escribiendo un libro para niños.

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Historia del Derecho para Niños parece, a primera vista, estar muy lejos de Encerrada en la Injusticia.

Uno nace de una experiencia adulta y dolorosa. El otro tiene niños, viajes en el tiempo, un búho, una tortuga y un perro.

Sin embargo, mientras lo escribía fui comprendiendo que ambos libros nacían de una preocupación parecida.

Los niños crecen escuchando que tienen derechos. Eso está bien. Pero pocas veces les explicamos de dónde surgieron esos derechos, cuánto tiempo tomó construirlos o por qué siguen necesitando personas dispuestas a defenderlos.

Los derechos pueden parecer algo natural cuando nacemos rodeados de ellos.

No lo son.

Son el resultado de una historia larga, imperfecta y muchas veces difícil. Personas que vivieron antes que nosotros discutieron, reclamaron, se equivocaron, corrigieron y fueron construyendo límites al poder y formas más justas de convivencia.

Por eso me interesa que los niños conozcan esa historia.

No para convertirlos en pequeños abogados. Tampoco para llenarles la cabeza de conceptos jurídicos.

Quiero que comiencen a entender que tener un derecho y cuidar ese derecho son cosas que deben aprender a caminar juntas.

Lo que recibimos

En la dedicatoria de Historia del Derecho para Niños escribí unas palabras que probablemente resumen mejor que cualquier explicación por qué hice este libro:

«A quienes vienen detrás de nosotros.

Recibirán un mundo que no comenzaron y disfrutarán de derechos, libertades y oportunidades que otros ayudaron a construir mucho antes de que ustedes llegaran.»

Más adelante les deseo la sabiduría necesaria para cuidarlos, mejorarlos y entregarlos algún día a quienes vengan después.

Eso es lo que hoy me preocupa.

No creo que debamos enseñarles a los niños a desconfiar del Estado. Quiero enseñarles algo mucho más importante: que la ciudadanía no termina cuando conocemos nuestros derechos.

También implica responsabilidad.

Responsabilidad para respetar los derechos de otros. Para prestar atención. Para preguntar. Para exigir cuando sea necesario. Y para comprender que las instituciones que protegen nuestra convivencia necesitan ciudadanos que no se desentiendan completamente de ellas.

Creo que es una conversación demasiado importante para esperar hasta que sean adultos.

Por eso esta vez decidí comenzarla con los niños.

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