¿Cuánto de lo que quieres realmente lo escoges tú?

2–3 minutos

leer

Hay decisiones que creemos haber tomado nosotros porque nadie nos obligó a tomarlas. Estudiamos una determinada carrera, buscamos cierto tipo de trabajo, aspiramos a ganar determinada cantidad de dinero, compramos una casa, formamos una familia o construimos un negocio. Si alguien nos preguntara por qué lo hicimos, probablemente tendríamos una respuesta.

Sin embargo, tener una explicación para una decisión no necesariamente significa que la hayamos escogido con libertad.

Desde pequeños comenzamos a recibir mensajes sobre lo que significa tener una buena vida. Nuestros padres tienen sus expectativas, la familia tiene las suyas y la sociedad también. Aprendemos qué profesiones merecen respeto, qué significa ser exitoso, cuánto debemos ganar, cómo debe verse una familia y hasta cuándo deberíamos haber alcanzado determinadas cosas.

La mayoría de esas ideas no llegan como órdenes. Llegan de una manera mucho más efectiva: las vamos incorporando hasta que terminamos creyendo que son nuestras.

Eso hace difícil distinguir entre lo que realmente queremos y aquello que aprendimos a querer.

Recuerdo personas que durante años persiguieron una posición profesional porque entendían que eso era lo que correspondía hacer. Cuando finalmente la alcanzaron, descubrieron que no disfrutaban la vida que esa posición les había construido. También he conocido personas que querían emprender porque asociaban el negocio propio con libertad, pero terminaron creando una empresa que les quitaba precisamente la libertad que buscaban.

No siempre hay un error en la decisión. A veces el problema está en que nunca nos detuvimos a preguntarnos de dónde salió el deseo.

Eso me parece particularmente importante cuando llegamos a cierta etapa de la vida. Cuando somos jóvenes, muchas decisiones vienen determinadas por circunstancias que no controlamos. Necesitamos estudiar, trabajar, producir, formar experiencia y abrirnos camino. Pero llega un momento en que ya tenemos más capacidad para decidir y, paradójicamente, seguimos viviendo con muchas decisiones tomadas por una versión anterior de nosotros mismos.

Seguimos estudiando porque aquello era lo que nuestra familia esperaba. Conservamos una posición porque abandonar significaría admitir que ya no nos interesa. Mantenemos determinadas relaciones porque llevamos demasiado tiempo en ellas. Continuamos persiguiendo metas que alguna vez fueron importantes, aunque ya no sabemos exactamente por qué.

Y mientras tanto, nos preguntamos por qué sentimos que algo no termina de encajar.

Quizás una parte de la respuesta está ahí.

Tu comentario es muy apreciado