¿Qué parte de ti no quieres perder?

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Hombre sentado sobre una muralla del Viejo San Juan, contemplando el paisaje en actitud reflexiva.

Durante mucho tiempo pensé que para cambiar algunas cosas de mi vida tenía que convertirme en otra persona. Fue una idea que comencé a cuestionar durante mi adolescencia.

Uno de los primeros cambios importantes tuvo que ver con mi agresividad física. Fui descubriendo que utilizar la fuerza para alcanzar mis objetivos no era el camino que quería seguir. Quise desterrarla de mi vida.

Pero había algo que me preocupaba: no quería que dejar de ser agresivo significara convertirme en alguien débil.

Así comenzó un proceso que me tomó años. Empecé a preguntarme qué quería conservar y qué quería cambiar.

Quería conservar mi asertividad y mi firmeza frente a lo que consideraba justo, pero aprender a seleccionar mis batallas.

Quería dejar de pelear físicamente con otros, pero conservar mi energía y mi vigor.

Quería mejorar mis notas y dedicar más tiempo a los estudios, pero sin convertirme en un ratón de biblioteca que se ahogara en la teoría y dejara de aprender de sus propias experiencias.

Quería dejar atrás el miedo a aceptar retos, pero conservar mi propia manera de escoger cuáles valían la pena. No aceptar los que otros decidieran por mí simplemente porque estaban ahí.

Con el tiempo entendí que cambiar no significaba borrar partes de mí. Significaba mirarme con suficiente honestidad para decidir qué quería conservar, qué necesitaba modificar y qué ya no quería seguir cargando.

Ahí comenzó, para mí, la claridad: cuando empecé a distinguir qué de mí quería seguir conmigo.

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