
En ocasiones reconocemos que ciertos comportamientos nos perjudican y, aun así, continuamos repitiéndolos. Sabemos que debemos cambiar algunas cosas, incluso podemos explicar las razones para hacerlo, pero cuando llega el momento de actuar volvemos a comportarnos de la misma manera.
¿Por qué sucede esto?
Una posible explicación es que algunos de esos comportamientos, a pesar de sus consecuencias negativas, siguen cumpliendo alguna función en nuestra vida.
Pensemos en alguien que evita las conversaciones difíciles. Puede reconocer que su silencio está afectando una relación y que necesita hablar sobre lo que ocurre. Sin embargo, cada vez que surge la oportunidad, encuentra una razón para posponerla.
Evitar la conversación le proporciona algo: no tiene que enfrentar, al menos por el momento, una situación incómoda. El problema es que ese alivio inmediato puede contribuir a mantener un conflicto que continuará afectándolo.
También ocurre con personas que permanecen en relaciones que les producen más sufrimiento que bienestar. Reconocen que la convivencia se ha deteriorado, que los conflictos son constantes y que la relación ya no responde a lo que desean para sus vidas. Sin embargo, la posibilidad de vivir solas les produce tanto temor que prefieren continuar en una situación conocida, aunque les resulte dolorosa.
En estos casos, el miedo a la soledad puede llegar a pesar más que el deseo de cambiar. No necesariamente porque esas personas estén satisfechas con su relación, sino porque todavía no se sienten preparadas para enfrentar la vida fuera de ella.
Algo parecido sucede con otras conductas. Hay personas que postergan decisiones importantes por temor a equivocarse, que buscan constantemente la aprobación de otros o que mantienen determinadas costumbres simplemente porque les resultan familiares.
No significa que esas personas deseen perjudicarse. Significa que, en ocasiones, aquello que queremos cambiar también nos proporciona alguna forma de seguridad, alivio o satisfacción.
Comprender no siempre es suficiente
Reconocer un comportamiento perjudicial es importante, pero comprenderlo no garantiza que podamos modificarlo inmediatamente.
Nuestros comportamientos no responden únicamente a decisiones racionales. También están relacionados con emociones, experiencias, hábitos y creencias que hemos incorporado a lo largo de nuestra vida.
Algunas de esas creencias comenzaron a formarse cuando todavía no teníamos suficiente experiencia para cuestionarlas. Aprendimos determinadas maneras de reaccionar ante los conflictos, de relacionarnos con los demás o de enfrentar situaciones difíciles.
Con el tiempo, esas respuestas pueden convertirse en costumbres que repetimos casi automáticamente, incluso cuando las circunstancias que les dieron origen han cambiado.
Por eso, cuando intentamos modificar una conducta, puede resultar útil preguntarnos no solamente qué estamos haciendo, sino también qué obtenemos al hacerlo y qué tememos que suceda si actuamos de otra manera.
La incomodidad de cambiar
Modificar una conducta habitual requiere algo más que reconocer sus consecuencias. En muchas ocasiones también supone aprender a manejar la incomodidad que aparece cuando dejamos de hacer lo que conocemos.
Quien siempre ha evitado los conflictos tendrá que aprender a conversar sobre asuntos difíciles. Quien acostumbra buscar la aprobación de otros tendrá que aceptar que algunas de sus decisiones podrían provocar desacuerdos.
Y quien ha postergado durante años una decisión importante tendrá que enfrentar la incertidumbre de tomarla.
Nada de esto significa que el cambio sea imposible. Pero ayuda a comprender por qué algunas personas continúan repitiendo comportamientos que desean abandonar.
También explica por qué no siempre basta con proponerse actuar de manera diferente.
Una pregunta que vale la pena hacerse
Cuando identificamos una conducta que queremos modificar, solemos preguntarnos por qué seguimos repitiéndola.
Quizás convendría añadir otra pregunta: ¿qué estoy obteniendo de este comportamiento que me resulta tan difícil abandonar?
La respuesta no necesariamente será agradable. Tal vez descubramos que estamos evitando una responsabilidad, buscando aceptación o protegiéndonos de una experiencia que tememos enfrentar.
También podríamos descubrir que existen circunstancias que dificultan el cambio y que necesitamos herramientas o apoyo para abordarlas.
Lo importante es comprender mejor lo que ocurre, sin reducirlo todo a una supuesta falta de voluntad.
Cambiar no siempre consiste en dejar de hacer algo. A veces requiere comprender por qué comenzamos a hacerlo, reconocer qué lo mantiene y aprender otras maneras de responder.
Y ese conocimiento puede ayudarnos a decidir, con mayor conciencia, cómo queremos actuar de ahora en adelante.
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