Hay miedos que protegen y miedos que gobiernan

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Hombre indeciso frente a una puerta iluminada, mientras una maraña de líneas oscuras representa sus temores.

Conozco personas que han pasado años esperando el momento adecuado para hacer algo que desean. Algunas quieren cambiar de trabajo, otras comenzar un negocio, retomar sus estudios o simplemente aprender a expresar lo que piensan sin preocuparse tanto por la reacción de los demás. Cuando les pregunto qué les impide hacerlo, suelen ofrecer explicaciones bastante razonables. Necesitan prepararse mejor, ahorrar un poco más, esperar a que las circunstancias cambien o encontrar el momento oportuno.

Y es posible que tengan razón. No todas las decisiones deben tomarse inmediatamente ni todas las oportunidades merecen aprovecharse. Sin embargo, hay algo que me llama la atención cuando escucho estas historias: en ocasiones, las circunstancias cambian, desaparecen algunos obstáculos y aparecen nuevas oportunidades, pero la persona continúa exactamente en el mismo lugar estaba. Las razones para esperar han cambiado, aunque la decisión de seguir esperando sigue igual.

He llegado a pensar que, en algunos de esos casos, el problema no está tanto en las circunstancias sino en el miedo que produce abandonarlas.

El miedo también nos cuida

Sería absurdo pretender vivir sin miedo. Si alguien me propone invertir todos mis ahorros en un negocio que desconozco, espero que mi miedo aparezca y me obligue a examinar cuidadosamente la propuesta. Si tengo que tomar una decisión que puede afectar a mi familia, también quiero considerar las consecuencias antes de actuar. No encuentro nada admirable en confundir valentía con imprudencia.

El miedo cumple una función importante. Nos alerta sobre peligros, nos invita a reconocer nuestras limitaciones y puede ayudarnos a evitar decisiones de las que luego nos arrepintamos. Gracias a él podemos detenernos, buscar información, prepararnos mejor o sencillamente decidir que algo no nos conviene.

Pero he observado que, en ocasiones, utilizamos esa misma capacidad de anticipar consecuencias para imaginar dificultades que nunca llegamos a comprobar. Pensamos en todo lo que podría salir mal, damos por ciertas algunas de nuestras suposiciones y terminamos descartando posibilidades sin haber intentado siquiera explorarlas.

Una cosa es reconocer que podemos fracasar al comenzar un negocio. Otra es pasar diez años hablando de ese negocio sin averiguar cuánto costaría ponerlo en marcha, qué conocimientos nos faltan o si existe alguna manera de comenzar con un riesgo razonable.

En el primer caso estamos considerando una posibilidad real. En el segundo, quizás llevamos demasiado tiempo utilizando esa posibilidad para justificar nuestra inmovilidad.

Las explicaciones que nos damos

Hace tiempo que me interesa observar cómo las personas explicamos nuestras decisiones. Somos bastante hábiles encontrando razones para hacer lo que hacemos, incluso cuando nuestras acciones parecen contradecir lo que decimos querer.

Alguien puede afirmar que desea mejorar sus relaciones personales, pero evita cualquier conversación que pueda producir un desacuerdo. Otra persona asegura que quiere desarrollar sus capacidades, aunque rechaza sistemáticamente oportunidades que la colocarían frente a nuevos retos. También están quienes se quejan constantemente de determinadas circunstancias, pero nunca se permiten considerar seriamente una alternativa.

No creo que realmente estén mintiendo. Es posible que deseen sinceramente cambiar y que, al mismo tiempo, teman las consecuencias de hacerlo. Ambas cosas pueden coexistir, aunque resulte incómodo reconocerlo.

Además, no todos esos temores responden únicamente a lo que está ocurriendo en el presente. Algunas personas crecieron en ambientes donde equivocarse provocaba humillaciones, expresar desacuerdos generaba conflictos o tomar decisiones propias se interpretaba como una falta de respeto. Es comprensible que algunas experiencias influyan en la manera en que enfrentan situaciones similares muchos años después.

El problema aparece cuando continuamos respondiendo a circunstancias actuales como si todavía estuviéramos viviendo aquellas experiencias. Podemos tener más conocimientos, recursos y alternativas que antes, pero seguir anticipando las mismas consecuencias.

Por eso me parece importante examinar nuestras explicaciones, especialmente cuando llevamos años repitiéndolas sin que produzcan ningún cambio. Quizás algunas describan obstáculos reales, pero otras podrían estar ayudándonos a evitar algo que nos da miedo enfrentar.

Saber lo que ocurre no siempre basta

En mis experiencias de mentoría he encontrado personas que, después de examinar sus circunstancias, reconocen que el miedo ha tenido una influencia importante en sus decisiones. Algunas se sorprenden al descubrir cuánto tiempo han dedicado a imaginar consecuencias negativas y qué poco han hecho para comprobar si realmente ocurrirían.

Cuando en mentoría están preparadas para actuar, no necesitamos diseñar grandes transformaciones. Generalmente comenzamos identificando algo sencillo que puedan hacer en un plazo razonable. Si alguien desea explorar una nueva actividad profesional, por ejemplo, su primer paso podría ser conversar con personas que ya trabajan en ella, investigar sus requisitos o dedicar unas horas semanales a adquirir conocimientos. Después evaluamos lo ocurrido y decidimos cuál será el siguiente paso.

Lo interesante de este proceso es que la persona comienza a obtener información de sus propias experiencias, en lugar de depender exclusivamente de lo que imagina que podría suceder. Algunas preocupaciones resultan justificadas y requieren ajustes. Otras pierden fuerza cuando se contrastan con la realidad. Poco a poco, tomar decisiones puede convertirse en una práctica más habitual.

Sin embargo, también he conocido personas que comprenden bastante bien lo que les ocurre y aun así se sienten incapaces de actuar. Pueden identificar sus temores, reconocer las consecuencias de permanecer inmóviles y expresar claramente lo que desean, pero eso no significa que estén preparadas para enfrentar el cambio.

En esas circunstancias, insistir en que deben decidirse o demostrar valentía puede añadir frustración a una situación que ya les resulta difícil. Algunas necesitan un acompañamiento psicológico o terapéutico que les permita trabajar aspectos que van más allá de lo que puede atender un proceso de mentoría.

Esto me ha enseñado a no confundir la comprensión de un problema con la capacidad inmediata para resolverlo.

¿Quién está tomando nuestras decisiones?

Cuando alguien lleva años diciendo, por ejemplo, que quiere cambiar de trabajo, comenzar un negocio o tomar una decisión importante, me pregunto qué ha hecho durante todo ese tiempo para conseguirlo y qué se lo ha impedido

Tal vez descubramos que nuestras circunstancias todavía no permiten actuar como quisiéramos. Puede que existan riesgos importantes, responsabilidades que atender o recursos que necesitamos conseguir. Reconocerlo también es una forma de tomar decisiones responsables.

Pero podríamos encontrar algo diferente: que hemos tenido oportunidades para comenzar, que algunos de nuestros temores nunca se han confirmado y que continuamos esperando unas condiciones ideales que difícilmente llegarán.

En ese caso, quizás valga la pena preguntarnos qué es exactamente lo que tememos perder si dejamos de hacer lo que hemos hecho durante tantos años. La seguridad de lo conocido, la aprobación de otras personas o la tranquilidad de no exponernos a una equivocación pueden tener más influencia sobre nuestras decisiones de la que estamos dispuestos a reconocer.

No pretendo sugerir que debamos actuar cada vez que sentimos miedo. Hay temores que merecen nuestra atención y circunstancias en las que esperar es lo más sensato. Pero también existen ocasiones en las que esperar se convierte en nuestra manera habitual de evitar decisiones.

Y mientras seguimos buscando el momento adecuado, pasan los meses, cambian nuestras circunstancias y algunas oportunidades desaparecen.

Quizás por eso, cuando alguien me dice que lleva años esperando para hacer algo que realmente desea, me interesa conocer sus razones. Pero también me interesa saber qué ha hecho durante todo ese tiempo para acercarse a ello.

Porque hay una diferencia importante entre tener miedo y haber organizado nuestra vida alrededor de evitarlo.

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