El éxito que no sabe qué hacer contigo — Parte 1

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El éxito que no sabe qué hacer contigo — Parte 1

Cuando alcanzar lo que querías no produce lo que esperabas

Durante años podemos trabajar para conseguir algo que consideramos importante. Una profesión, un ascenso, un negocio propio o una posición económica que nos permita vivir con mayor tranquilidad. Dedicamos tiempo, hacemos sacrificios y organizamos buena parte de nuestras decisiones alrededor de esas metas. Imaginamos cómo será nuestra vida cuando finalmente las alcancemos y, aunque sabemos que surgirán nuevas responsabilidades, esperamos sentirnos satisfechos con lo conseguido.

Pero a veces ocurre algo inesperado. Alcanzamos aquello que tanto deseábamos y descubrimos que la experiencia es bastante diferente de lo que habíamos imaginado. Podemos sentirnos orgullosos del resultado, reconocer que nuestros esfuerzos valieron la pena y, aun así, comenzar a preguntarnos si realmente queremos continuar por ese camino.

Lo interesante es que no necesariamente nos equivocamos al escogerlo. En ocasiones, necesitamos vivir determinadas experiencias para descubrir cosas que difícilmente habríamos comprendido desde afuera.

Cuando la realidad es diferente de lo que imaginábamos

Mi primera formación profesional fue en tecnología para la ingeniería industrial. Me parecía un campo interesante, con posibilidades de desarrollo y muchas oportunidades para aplicar conocimientos técnicos. Comencé a trabajar en una empresa farmacéutica y pude conocer de cerca la organización de los procesos de producción, sus exigencias y la manera en que se administraba el trabajo humano.

Sin embargo, aquella experiencia terminó por desencantarme. La aplicación tan estructurada de los procesos industriales, incluyendo la organización de las personas dentro de ellos, no correspondía con el ambiente profesional en el que deseaba desenvolverme. Lo que me había parecido interesante mientras estudiaba dejó de resultarme atractivo cuando comencé a vivirlo diariamente.

Tiempo después estudié Derecho. Me interesaba la posibilidad de contribuir a resolver problemas y participar en asuntos que afectaban directamente la vida de las personas. Nunca pensé que una profesión pudiera transformar por sí sola todos los problemas de la sociedad, pero sí esperaba encontrar oportunidades para producir cambios importantes.

El ejercicio profesional me permitió comprender algo que no había considerado suficientemente: buena parte de la intervención jurídica ocurre cuando los conflictos ya se han producido. Las relaciones se han deteriorado, las obligaciones se han incumplido o alguien considera que sus derechos han sido afectados. Entonces comienza un proceso que puede resultar largo, costoso y cuyo resultado no siempre satisface a las personas involucradas.

También observé cómo se repetían conflictos que, en muchos casos, parecían surgir de conductas y decisiones que podían haberse atendido mucho antes de llegar a los tribunales.

Aquello comenzó a despertar mi interés por trabajar con las personas antes de que sus decisiones produjeran consecuencias difíciles de remediar. Me interesaba comprender cómo desarrollamos nuestras creencias, cómo aprendemos a relacionarnos y por qué algunas personas continúan repitiendo comportamientos que les perjudican.

Curiosamente, las dos experiencias profesionales que terminaron por desencantarme contribuyeron de manera importante a lo que hago actualmente. No considero que hayan sido años perdidos. Por el contrario, me proporcionaron conocimientos y experiencias que difícilmente habría adquirido siguiendo otro camino.

A veces pienso que mi trayectoria ha tenido más sentido del que yo mismo podía reconocer mientras la recorría.

¿Qué esperamos realmente de nuestras metas?

Esta experiencia me ha llevado a prestar atención a una contradicción que observo con frecuencia en otras personas.

Alguien me dice que desea tener más tiempo disponible para disfrutar de su familia, viajar o dedicarse a sus intereses personales. Sin embargo, trabaja jornadas de doce, quince y hasta diecinueve horas diarias porque considera que necesita producir más dinero para alcanzar esa libertad.

Cuando le pregunto cuánto dinero necesita o en qué momento piensa comenzar a disfrutar de ese tiempo, no siempre tiene una respuesta clara. Sabe que quiere trabajar menos, pero sus decisiones continúan aumentando las responsabilidades que lo mantienen ocupado.

También conozco personas que han dedicado gran parte de su vida a conseguir una posición económica privilegiada. Algunas han alcanzado niveles de prosperidad que muchos considerarían extraordinarios. Sin embargo, cuando hablan de su vida personal, reconocen que tienen pocas relaciones cercanas, que apenas disponen de tiempo para compartir con otros o que han perdido el entusiasmo por actividades que antes disfrutaban.

No pretendo sugerir que el dinero o el éxito profesional sean responsables de esas dificultades. Tener recursos económicos puede proporcionar seguridad, oportunidades y una calidad de vida que sería absurdo despreciar. El problema aparece cuando esperamos que esos logros también resuelvan necesidades que requieren nuestra atención de otras maneras.

Podemos conseguir una casa más grande sin mejorar nuestras relaciones familiares. Podemos obtener una posición de mayor autoridad sin sentirnos más satisfechos con nuestro trabajo. Y podemos aumentar considerablemente nuestros ingresos sin disponer de más tiempo para hacer aquello que decíamos querer.

La costumbre de seguir buscando

Hay personas que disfrutan estableciendo metas y enfrentando nuevos desafíos. Me parece una manera perfectamente legítima de vivir. El problema surge cuando alcanzar un objetivo apenas produce satisfacción antes de que aparezca la necesidad de conseguir otro.

Después de obtener un ascenso, comienza la preocupación por alcanzar la próxima posición. Cuando el negocio consigue determinado nivel de ingresos, inmediatamente se establece una meta superior. Y cuando finalmente se adquiere aquello que durante años se había deseado, pronto aparece algo nuevo que parece indispensable.

En ocasiones, esta dinámica puede responder al entusiasmo por continuar creciendo. Pero también vale la pena preguntarnos si estamos disfrutando de lo conseguido o si nos hemos acostumbrado tanto a perseguir resultados que ya no sabemos muy bien qué esperamos obtener de ellos.

Recuerdo conversaciones con personas que, cuando les pregunto qué desean conseguir con tantos esfuerzos, responden que quieren ser felices, vivir tranquilas o disponer de más tiempo. Sin embargo, cuando examinamos cómo organizan sus días, descubrimos que dedican muy poco espacio precisamente a esas cosas.

No necesariamente necesitan abandonar sus metas. Quizás lo que necesitan es examinar si la manera en que intentan alcanzarlas está contribuyendo a la vida que desean tener.

Lo que aprendemos después de alcanzar una meta

No creo que todas nuestras decisiones deban producir los resultados que imaginamos para considerarlas acertadas. Algunas experiencias nos permiten descubrir intereses que desconocíamos, desarrollar capacidades o comprender que aquello que parecía atractivo desde lejos no resulta igualmente satisfactorio cuando forma parte de nuestra vida cotidiana.

Tampoco tenemos que permanecer indefinidamente en un camino porque hayamos dedicado muchos años a recorrerlo. Podemos valorar lo aprendido y reconocer que nuestros intereses han cambiado.

Quizás por eso, cuando alguien me cuenta que ha alcanzado una meta importante, me interesa conocer algo más que sus resultados. Quiero saber si disfruta lo que hace, si dispone de tiempo para aquello que considera importante y si la vida que lleva se parece a la que esperaba construir.

Porque podemos trabajar durante años para conseguir algo y descubrir, cuando finalmente lo tenemos, que lo que verdaderamente deseábamos era otra cosa.

Pero hay una pregunta adicional que merece nuestra atención: ¿cuántas de las metas que perseguimos nacieron de nuestros propios intereses y cuántas comenzamos a buscar porque aprendimos que eso era lo que debíamos conseguir?

Sobre esa pregunta reflexionaré en la segunda parte.

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